El pito y la sirena

Ficción y realidad en un relato de Chacho Pron.

El hilo de luz que se proyectaba en la pared, verticalmente, revelaba que la sequía había contraído la madera de los postigos de la ventana, entre los cuales se veía ahora una rendija que dejaba filtrar el sol de la mañana.

ꟷ¡Señora!, ¡señora!, ¿se siente bien? La escuché llorar desde la cocina, mientras le preparaba el desayuno ꟷle decía la muchacha.

La anciana abrió despacio los ojos, y el gesto de angustia de su rostro fue borrándose de a poco hasta que se tornó sereno.

Recobraba la calma después de un despertar agitado.

ꟷEs que me quedé dormida, y soñé cosas confusas, con imágenes de cuando era más joven. Y el pito de las ocho menos cuarto no sonaba para despertarme como todas las mañanas ꟷexplicó, balbuceante, la anciana.

El pito de la fábrica sonaba a las ocho menos cuarto de marzo a septiembre, para alertar que en quince minutos comenzaba el turno de trabajo, lo que marcaba otro pitazo, más breve. Después a las doce para marcar la pausa del mediodía, y a las dos menos cuarto para llamar al turno vespertino. En verano, con más luz y más calor, el ritual se adelantaba una hora de mañana y se atrasaba otra por la tarde, para un descanso un poco más prolongado.

La muchacha que asistía a la anciana viuda dudó un instante, pero al fin se animó.

ꟷSeñora, no suena más… ꟷdijo, temerosa, preocupada porque la mujer no se hubiera acostumbrado a esa ausencia pese al tiempo transcurrido desde que la sirena de la fábrica, que todos conocían como «el pito», dejara de marcar el ritmo de la vida pueblerina.

Esa mañana había ocurrido algo peor que el mal sueño de la anciana: los últimos dueños de la fábrica le avisaron al medio centenar de empleados con que seguía funcionando que la cerrarían cinco meses después.

No dejaba se ser un gesto amable dentro de la tragedia que venía afectando a los asalariados formales desde hacía algunos años. Por contraste, tres años antes, en otra fábrica que había enorgullecido al pueblo por haber sido la primera en producir una máquina de ordeño enteramente argentina para los tambos que se multiplicaban en la cuenca lechera, un gerente de traje, venido desde Buenos Aires con un intérprete para asegurarse de que su endeble castellano fuera bien interpretado, esperó a los operarios en el ingreso al establecimiento para decirles que pasaban a ser desempleados desde ese mismo momento porque se iba seguir produciendo en otros países.

Sin más; muerte súbita. Y decidida en algún lugar lejano, igual en ambos casos, porque las empresas habían mudado de tener dueños vecinos y palpables a pertenecer a transnacionales  inasibles, descarnadas y sin ningún compromiso con la historia en la que estas dos firmas habían dejado hondas huellas moldeando una identidad que distinguía al pueblo.

Ángela, que así se llamaba la anciana, fijó la vista en el tajo de sol que hería la ventana de su dormitorio y se quedó pensando en lo que acababa de oír.

¿Tanto tiempo había pasado desde que su marido, ya difunto, cerraba delicadamente la puerta de calle para treparse a la bicicleta y salir para la fábrica después de haber escuchado el primer pito?

La muchacha de la casa volvió a entrar para preguntarle si preferiría que le trajera el desayuno a la cama.

ꟷNo, no, Juanita, ya me levanto. ¿Me alcanzás la ropa que dejé sobre la silla?

La muchacha lo hizo y la ayudó a incorporarse y sentarse en la cama. Le colocó las pantuflas y le puso sobre los hombros una camperita liviana. Ángela no se quitaba el camisón cuando no tenía previsto salir a la vereda. Y todavía era temprano.

En la cocina humeaba la taza de café con leche. Se sentó y comenzó a beberla sorbo a sorbo. No tocó las tostadas. Sus ojos se habían fijado en el aparador que tenía enfrente, donde detrás de las puertitas de vidrio se alineaban copas de cristal con borde esmerilado y se apilaban platos, tazas, pocillos y compoteras de loza. Sobre el mueble había algunos trofeos seguramente obtenidos por ese chico joven que sonreía sentado en un monoplaza de la categoría Jeep 4 desde una foto color un poco desvaída.

Y había otras dos fotos.

Una era el retrato de otro muchacho con gorra de marinero, con una pequeña estampita incrustada en un ángulo del marco y un Rosario que colgaba de él. La otra, en blanco y negro, mucho más antigua mostraba a un hombre con ropaje y birrete blanco al lado de una gran olla donde se calentaba leche que luego se convertiría en queso. Detrás, con el mismo aspecto, asomaban otras dos personas, compañeros de trabajo.

Ángela se remontó al tiempo en esa fotografía fuera tomada, cuando en la fábrica trabajaban unas trescientas personas y desde donde salían varios tipos de quesos: blandos, semiduros y duros, especialmente uno de grana que le había dado a los fundadores de aquel establecimiento, con plantas menores en otras localidades cercanas, prestigio internacional.

Ese producto, identificado con la figura de una horma sonriente tocada con un sombrero de copa, se distribuía por todo el país y cruzó el océano para alimentar a una Europa en guerra. Tenía una marca: Trebolgiano, y los empleados de la fábrica habían creado un club de fútbol con el mismo nombre.

La muchacha salió a hacer las compras para preparar el almuerzo. Comía con la señora, lavaba los platos y luego se iba a su casa, con su familia. Volvía después de cenar y se quedaba a dormir para acompañar a la anciana.

ꟷJuanita, ¿desde cuándo no suena más el pito? ꟷpreguntó sin dejar de mirar la foto de su marido.

ꟷUh, hace mucho, señora. Creo que desde los ’70, cuando con la fábrica se quedaron unos de Rafaela, de por allá, que también se quedaron con la estancia ꟷrespondió la joven.

La estancia, con sus catorce tambos, había sido la principal proveedora de la materia prima para esa fábrica que ya había cumplido más de un siglo. Pero, además, esa productora de quesos que creció y creció hasta mediados del siglo XX, cuando empezó a tener que compartir mercado con otras que también se expandían, había disparado un fenómeno social y económico que convirtió a la región en parte de la cuenca lechera, con todo lo que giraba alrededor de ella. Se multiplicaron los tambos, conviviendo con la agricultura en las chacras donde todavía vivían y trabajaban las familias herederas de aquellos inmigrantes pioneros que poblaron el centro oeste santafesino. Se mecanizó el ordeño, surgieron las industrias que proveían los carruajes que llevaban la producción a la fábrica y los tachos en que se transportaba. Trabajadores que se habían formado en aquella primera fábrica de ordeñadoras crearon las propias y pasaron a ser nuevos empresarios. Una de ellas diseñó, patentó y construyó un sistema de circulación de la leche por tuberías para reemplazar a los recipientes con que se iba de brete en brete, de vaca en vaca, para obtener la leche. Se crearon pezoneras y pulsadores para suplir el ordeño a mano. Después, enfriadores para mantener al producto en mejores condiciones hasta el fin de la faena diaria y el transporte a fábrica. Finalmente, silos de almacenamiento y todo lo que la tecnología fue incorporando a la actividad.

Fotografía antigua de la Fabrica De Lorenzi.

Hubo también quienes se animaron a fundar nuevos establecimientos elaboradores de leche, y hasta una cooperativa de productores para reunirla y comercializarla. Pero «la fábrica», la primera, había sido el núcleo de una dinámica que otorgó al pueblo una impronta industrial compartida con otras localidades de Santa Fe y Córdoba.

Sola en la casa, Ángela se puso ropa de salir y se asomó a la calle. El sol de media mañana ya calentaba un poco pese a que, cada tanto, lo velaban unas nubes oscuras, amenazantes. Caminó unos metros, hasta la esquina, y saludó a una vecina que barría la vereda. Le preguntó si sabía que había nacido la nena de una sobrina. Que el sábado la bautizaban. Después, volviendo a la casa, antes de doblar nuevamente, miró hacia el este, donde se alcanzaba a ver un rincón de la fábrica, ya sin chimeneas.

«Claro ꟷpensóꟷ: por eso ya no suena el pito». (La sirena de la fábrica había estado colocada en lo alto de una de ellas). Y, sin embargo, le pareció que algunas veces volvía a oír ese aullido inconfundible, más lejano; eso, sí, a cualquier hora. Eso era lo raro.

Antes de entrar de nuevo a la casa se sentó en un banco de madera que su esposo había instalado en la vereda. Era lo último que había hecho antes de morir, además de plantar un árbol donde se había secado el que estaba antes.

Allí, bajo el sol de fines de septiembre, se quedó esperando el regreso de la muchacha de la carnicería y el almacén. Se adormeció y volvió a soñar. Una sucesión de nombres se atropelló en su cabeza: De Lorenzi, Ilpa, Maurino, Dandrich, Bosio, La Gaviota, Alís, Bauducco, Omega Aimar, Dindaro, De Giorgis El Trébol, Pierini, Deganutto, Caffaratti, Las Taperitas…

La despertaron dos hombres que pasaron apurados hablando de la fábrica. De Williner, de Savencia. A Ángela este último nombre le resultaba extraño, totalmente desconocido, ajeno. Los hombres, vestidos de blanco como los de la fotografía antigua sobre el aparador, iban preguntándose, agitados: «Qué va a pasar ahora. Qué dirá el sindicato».

Desde la otra esquina volvía la muchacha, con una bolsa de compras en una mano y un atado de acelga en la otra.

ꟷSe lo manda doña Florentina ꟷle explicó. Es de la quinta de ella.

Entraron a la casa; era hora de comenzar a preparar el almuerzo. Lejos, hacia el sur, sonó una sirena, con la misma estridencia del pito de la fábrica. Pero no eran las ocho, ni las doce, ni las dos de la tarde. Y después se escucharon otras sirenas, distintas, que se iban apagando a medida que se alejaban.

Ese mediodía, en la televisión del pueblo que Ángela y la muchacha miraban siempre mientras almorzaban, dijeron que los bomberos habían salido a un accidente en la ruta. Pero que, afortunadamente, no había habido heridos.

Pero sí había heridos. Otros. En ese momento, con sus vestimentas de trabajo blancas, estaban debatiendo en el sindicato qué sería de sus vidas futuras si es que no podrían seguir juntos.

En lo de Ángela comieron temprano. Acabado el almuerzo, la muchacha lavó los platos y se despidió hasta la noche. La anciana se acostó a dormir la siesta. Por la rendija en los postigos ya no entraba el rayo de sol, que en su recorrido había dejado de alumbrar la ventana del dormitorio. Se quedó dormida pensando si la despertaría el pito de las dos menos cuarto que llamaba a la fábrica para el turno vespertino.