Racismo en Argentina: el color del privilegio y el «negros de mierda» como insulto cotidiano

Más allá del debate sobre la «campaña» contra el país, la activista afroargentina Natacha Giusto advierte sobre una discriminación estructural. La intersección del racismo y el clasismo asoma en una pregunta: ¿de qué color imaginamos a las personas que viven en un country?, ¿y a las que están en una cárcel? El peso de la historia en las expresiones hostiles

“Argentina es un país racista”. El debate de esta semana nació mal planteado, no porque la afirmación no sea verdadera, sino por la superficialidad que no alcanza para explicar un tema denso que se combina con el clasismo, dice Natacha Giusto, afroargentina, psicóloga social de 39 años y cofundadora del Bloque Antirracista Rosario. “Vivimos en un país racista, como lo es cualquier otro, pero tiene sus particularidades”, afirma y desarrolla esa idea con un ejemplo.

Más que un ejemplo, es un ejercicio: “Si bien no hubo un sistema de segregación racial como en Estados Unidos o Sudáfrica, si hoy tuviéramos que pensar en un grupo de personas que viven en un country, ¿cómo nos las imaginamos? ¿Cómo se ven? Y si trabajan con la recolección de residuos o se encuentran encarceladas, ¿qué color de piel tendrían estas personas? Entonces, lejos de tener un sistema de segregación racial legalizado, lo tenemos completamente naturalizado”.

Tan naturalizado que uno de los insultos más populares es “negro de mierda”, una síntesis del racismo y del clasismo que nos atraviesa. Incluso la persona que lo dice puede llegar a defenderse y responder que no es racista porque lo dice «no por el color de piel, sino porque son negros de alma». Lo usa para referirse a los pobres, «a los villeros» o marrones. La negritud como algo malo, una manifestación expresa del colorismo. Se agrega el “de mierda” para marcar lo desechable. Una intersección de dos discriminaciones.

Para Natacha, esa frase es “tremenda” y “esconde algo muy siniestro que tiene que ver con la Iglesia”. Explica: “Recordemos que la trata transatlántica de personas esclavizadas fue un mecanismo necesario para la expansión económica europea».

«Este sistema –continúa– estuvo justificado y sostenido por tres pilares fundamentales. Uno fue el económico: sin la trata de personas esclavizadas, Europa no existiría tal como la conocemos. El segundo es científico: la ciencia tuvo que inventar y justificar la idea de que los seres humanos estamos diferenciados por cuestiones biológicas. Siendo las personas blancas de una raza superior, intelectual y desarrollada, y las personas negras (africanas), de una raza inferior, sin intelecto, con fuerza física para el trabajo y primitivos. El tercer pilar fue la Iglesia, que decía que las personas negras no eran humanas, que eran animales y que no poseían alma, por lo tanto, no era pecado esclavizarlas”.

“Si no tenemos en cuenta desde dónde parten las afirmaciones que tenemos naturalizadas, es difícil que podamos transformarlas. Raza y clase están relacionadas, pero es importante poder diferenciarlas para poder analizar su complejidad cuando operan juntas”, agrega, entendiendo a la raza como construcción social y no como algo biológico dado.

Este fin de semana, en medio del debate nacional sobre la negritud, el mestizaje y la “nación blanca”, Rosario será sede de un encuentro federal que incluye a los argentinos afrodescendientes, con una marcha de cierre el domingo. Una de las organizadoras es Natacha Giusto, quien analiza esos temas y la “campaña antiargentina” en entrevista con Rosario3.

Las particularidades del racismo argento

Natacha es rosarina, afroargentina e integrante de la Asamblea Federal de Mujeres, Lesbianas, Bisexuales, Travestis, Trans, No Binaries, Intersex y otras identidades y expresiones de Género Afrodescendientes de y en Argentina.

Es cofundadora del Bloque Antirracista Rosario, que nació en el año 2019 después de un encuentro de varias personas afrodescendientes de la ciudad en La Plata, en el Encuentro Plurinacional de Mujeres y Disidencias. “Fue un encuentro maravilloso –dice–, nos quedó la sensación de «por fin dejamos de ser las únicas personas negras de nuestro entorno». Nos empezamos a encontrar y a planificar acciones que posibilitaran visibilizar nuestras existencias, exponer el racismo que se vive cotidianamente y pensar en estrategias de acción clave para transformar la sociedad. Desde el 2019, el grupo que había empezado con un puñado de mujeres negras, fue creciendo y diversificándose, estando actualmente conformado por personas trans, travestis, no binaries, mujeres y varones cis, migrantes, argentines, todes afrodescendientes”.

–Hace unos días por el Mundial se debate si «Argentina es un país racista». Siempre es un riesgo generalizar pero ¿qué les sugiere a ustedes esa afirmación?

–Si una campaña mediática señala solamente el racismo que existe dentro de una sociedad, sin interpelar el contexto en el que se produce, se reproduce y se refuerza, es una campaña superficial. Señalar el racismo, sin señalar el capitalismo y estos modelos de gobierno de ultraderecha, no alcanza. Nadie está en condiciones de negar que Argentina es un país racista, como lo es cualquier otro. Es racista y tiene sus particularidades, es decir, que el racismo también tiene formas de expresarse que son particulares de cada contexto, porque si no lo contextualizamos y nos referenciamos con las particularidades de otros territorios, es difícil que podamos reconocer lo que sucede acá.

Están quienes dicen que acá no existe el racismo porque no hubo un sistema de segregación racial como en Estados Unidos o Sudáfrica. Es real: no hubo un sistema que legalmente diferenciara la forma de ocupar el espacio público de acuerdo con la identificación racial de cada persona. Sin embargo, si hoy tuviéramos que pensar en un grupo de personas que viven en un country, ¿cómo nos las imaginamos? ¿Cómo se ven? Y si rápidamente pidiéramos imaginar a personas que trabajan con la recolección de residuos o si hiciéramos un escaneo de las personas que se encuentran encarceladas, ¿qué color de piel tendrían estas personas? Entonces, lejos de tener un sistema de segregación racial legalizado, lo tenemos completamente naturalizado. Y si bien el ejercicio nos invita a reflexionar sobre los estereotipos, es una buena forma de pensar el racismo en su carácter estructural y sistémico”.

Desde afuera, se señala especialmente el racismo en el lenguaje y en los gestos. Acá escuchamos a quienes defienden la conducta aberrante de algunas personas diciendo “los argentinos somos burlones”. Eso no es ser burlón, es racismo.

–¿Cómo definirías el racismo que existe en Argentina?

–El racismo tiene un carácter estructural y sistémico, que reproduce desigualdades con base en la identificación racial de las personas. Acá en Argentina, lo vemos muy relacionado con cuestiones de clase, pero es importante mencionar que son dos aspectos que se relacionan, se intersectan, pero no son lo mismo. A esta intersección le podemos agregar otras variables que nos pueden ayudar a imaginar un mapa social, si pensamos en la diversidad de género, de origen de nacimiento, edad, discapacidad, etc. Se reproduce en las instituciones, en las relaciones interpersonales, en la cultura. Es decir que atraviesa todo el tejido social y por eso no es sólo una cuestión de “un par de turistas o hinchas de fútbol”, es una problemática social.

Argentina es racista desde el artículo 25 de la Constitución Nacional (que dice de forma selectiva «El Gobierno federal fomentará la inmigración europea…”. hasta la forma en que describimos nuestra vida cotidiana.